


Nuestra compañía de senderismo organiza una excursión a este valle pseudo-japonés y decidimos apuntarnos para conocer este fenómeno. Los 320 kilómetros que separan Madrid de este valle no es problema para nosotros, pues firme es nuestro propósito.
Durante las tres horas que dura el viaje de ida, nos enteramos que la ruta que hemos elegido, no se adentra en el valle a ver cerezos sino que piensa realizar la ascensión de la garganta del Infierno. Por tanto, pedimos al guia que nos transfiera al grupo de nivel uno (bajamos de categoría de forma ignominiosa) que si van a realizar esta excursión.
Se trata de una ruta sencilla sin ningún tipo de desnivel. Sin embargo, las temperaturas descienden y los tan famosos cerezos en flor, se encuentran cercados por altas vallas para evitar la intromisión de turistas como nosotros. Todo gira en torno al cerezo en esta comarca. Sólo falta que vendan embutido de cerezas.
Pero lo peor está por llegar. Tras esperar durante una hora y media nuestro autobús, nos aguardan cuatro horas de vuelta a Madrid. A las diez de la noche, llegamos a plaza de Castilla con un odio mortal hacia todo lo que tenga que ver con los cerezos y la provincia de Cáceres.
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